jueves, 24 de diciembre de 2009

Y sobrevivimos... ¡¡Feliz Navidad!!


Al cristianismo, al islamismo y al judaísmo. Hemos sobrevivido, chicos y chicas, masterópodos y masterópodas. A las críticas de Armada, al poliglotismo de Albiac, al libro de estilo de Vigara, a las "estructuras de rizoma, fragmentada, de eslabones de mercurio" de Chiappe, al petrolero de Lyon, al ascenso (a los cielos) de Bergareche... ¿Nos merecemos o no nos merecemos una vacaciones navideñas por todo lo alto?

Hemos sobrevivido al suicidio colectivo, a nuestro bunker, al Congreso, a Sevilla (y a los sevillanos, que es mucho más duro) al Hermes y al Methode, a nuestros barrios... y seguimos felices aunque no tengamos tiempo libre... ni haya vida (no hay horas!!) más allá del máster ABC...

Hemos aprendido a manejarnos con facebook y Tuenti (eso ya sabíamos, eh Andrea), con delicious, twitter, con la blogosfera.... sabemos qué es la integración digital, el periodista orquesta, que los móviles (por cierto, ¿para cuándo el nuestro?) desprenderán olores...

Sabemos describir personajes por la acción, escribir noticias en el pasado de las agencias, hacer un plan de negocio (¿o a alguno se le ha pasado la fecha de entrega?), argumentar nuestras opiniones inductiva y deductivamente, hacerle una entrevista a Zapatero con más gracia  que Ángels Barceló, hacer estupendas fotografías colocando al sujeto en un lateral (y eso a pesar de ser "plumillas"), encontrar un nuevo enfoque hasta para noticias tan viciadas como las de Kennedy... y hasta situar en el mapamundi Somalia.

Hemos tenido entre nosotros a periodistas de muy diversos estilos, desde los que se hacen pasar por "seguidores espirituales" para conseguir una entrevista hasta los que van con la acreditación en la mano o los que contratarían antes a ciclistas o médicos en sus redacciones que a periodistas...
Nos han enseñado que la curiosidad es el principal motor del periodismo, que hay que respetar escrupulosamente los off de record, que vales lo que vale tu agenda, etcétera, etcétera, etcétera... 


Así que, sinceramente, podemos estar orgullosos de haber sobrevivido al máster 2009.... lo único es que aún nos queda, queridos y queridas, la parte 2010, que se presenta intensa...
Así que, ya sabéis, ante la duda, hacer periodismo... pero a partir de enero.... Ahora descansar (en los huecos libres que encontréis entre Hiroshima y el "Vivir por encima de las posibilidades"), comer mucho turrón y muchos polvorones (que necesitaremos fuerzas), disfrutar de vuestras familias y vuestros amigos y vuestros novios y novias (porque a partir del 11 de enero los veréis más bien poco), relajaros y ser felices...
Comeros las doce uvas (el argentino y la argentina también) para que tengamos mucha suerte en el 2010 y tengamos todos y todas mucho trabajo (de periodistas, eh, no de camareros).
Que disfrutéis de las fiestas!! Y volváis con ganas de aprender mucho!! Cerramos por vacaciones. ¡¡Nos vemos a la vuelta!! ¡¡Feliz Navidad a todos!!

miércoles, 23 de diciembre de 2009

En el amor y en la guerra, todo vale


“Yo solo entiendo de ovejas y de mujeres”, solía repetir Antonio Burguillo, que se había ganado la vida como pastor desde que se quedase huérfano de padre con trece años. Ya antes, con sólo tres años, había perdido a su madre, quedándose huérfanos de madre él, su hermano y sus dos hermanas. Antonio vivía feliz en un Urraca Miguel, un pueblo de Ávila, alejado del clima político que inundaba la España del 36, cuando el bando franquista lo reclutó para la guerra civil española.
Antonio acababa de cumplir 18 años y dejaba en el pueblo a su novia de toda la vida, que, además, era su prima. Un año y medio en el frente y el mismo periodo en retaguardia como cocinero. Cuando acabó la guerra y volvió a su pueblo, apenas quería recordar nada, tan sólo a su amigo José, compañero de penurias durante aquellos tres años de contienda. José era un hombre de Huelva, un panadero que, antes de despedirse le dejo unas señas y le dijo que si alguna vez necesitaba algo, en Huelva tendría una casa y una familia.
A Antonio le esperaban en su pueblo su novia y su mejor amigo, Manuel, al cual le relató con detalle todas sus peripecias, especialmente aquellas vividas junto a José. No pasaron muchos meses cuando Antonio recibió una carta desde Huelva. La firmaba José y le proponía que se marchara a la ciudad andaluza, donde tenía para él un buen trabajo. Antonio lo pensó mucho y, finalmente, en tiempos grises de posguerra, decidió dejar a su familia y a su novia y marcharse en busca de una vida mejor.
Con ayuda de sus hermanos logró reunir el dinero necesario para hacer el viaje a Huelva. Su novia le dio tocino y chorizo para el viaje y, entre lágrimas, se despidió de él. Se juraron amor y prometieron esperarse. Siete días, en tren, en burro y a pie, necesitó Antonio para llegar a Huelva, donde, carta en mano, y con el nombre de “Panadería Rechina”, se fue en busca de su amigo.
Cuando los dos amigos se vieron, se alegraron y se dieron un abrazo, pero cuando Antonio le enseñó a José la carta, su amigo le contó que él no había enviado ninguna carta. Nadie le esperaba en Huelva. A pesar de ello, José le ofreció un trabajo en la panadería, más que nada sabiendo que su amigo no tenía dinero para volverse a Ávila. Y así, Antonio empezó una nueva vida. 
Por la mañana, repartía el pan de la panadería de su amigo, y por la tarde trabajaba en el campo. Mientras, soñaba con el día en que volvería a casa y escribía diariamente cartas a su novia, misivas de las que nunca recibió respuesta. El tiempo fue pasando y Antonio, ante la ausencia de respuesta de su novia, se abrió al mundo. Y así conoció a Gertrudis, la criada de una de las casas en las que repartía el pan, y de la que se enamoró inmediatamente.
La pareja se casó y tuvo hijos. Y la vida continúo. Pasaron ocho años hasta que Antonio pudo volver a su pueblo natal. Con él se llevó a su mujer y a los tres hijos mayores. Aún no habían nacido los pequeños. Quería que sus hermanos conocieran a su familia, y necesitaba preguntarle a la que fuese su novia, sin rencores ya, por qué nunca respondió a sus cartas, por qué no volvió a saber de ella.
Cual fue su sorpresa al llegar al pueblo y descubrir que aquella novia se había casado con Manuel, el que fuese su mejor amigo. Le hizo la pregunta tanto tiempo planeada y así se enteró de que su novia nunca recibió carta alguna. En busca de respuestas, fue en busca del cartero del pueblo, y éste, le contó la verdad. Su amigo Manuel siempre estuvo enamorado de la novia de su amigo, por eso no sólo convenció al cartero para interceptar las cartas que él envió desde Huelva, sino que, además, fue él quien le envío a Antonio la carta supuestamente escrita por su amigo de Huelva, una mentira que conseguiría, como así fue, alejar a Antonio de su pueblo, y, en consecuencia, dejar el camino libre para que él conquistase a la mujer de la que estaba enamorado.

sábado, 19 de diciembre de 2009

Visitas de la semana: Carmen Fuentes, Javier Reverte, Beatriz Cortazar y Mikel Ayestarán

Habla apresurada y mostrando mucho sentido del humor, como si todo hubiese sido un camino de rosas. Y no fue así, de hecho, la última -y ni siquiera la nombra- fue la que le hicieron hace unos meses, cuando fue una de las periodistas afectadas por el ERE de ABC. Pero de eso no quiere hablar, prefiere contar mil y una aventuras de los más de cuarenta años en la empresa, en su casa.
Carmen Fuentes tiene un aspecto jovial aunque debe rondar los 60 años. Es la primera visita de la semana y nos habla del género de la entrevista. "¿Qué es lo primero que hace al levantarse?, le pregunté a Andy Warhol", nos relata, "y él me contestó: pis". Halaga a Julián Marías y critica a las folclóricas y recuerda con añoranza sus primeras entrevistas: "mis primeros ridículos, me decían: entrevista a... y no me daban tiempo ni para enterarme de a qué se dedicaba el entrevistado... y con lo poco que yo sabía entonces.... Tenía que improvisar... pero la improvisación es sinónimo de fracaso, hay que prepararse las entrevistas a fondo....", y continúa, enlazando anécdotas y consejos, casi sin respirar, provocando carcajadas con sus historietas y desabrochando recuerdos: "O como una vez, que Vargas Llosa me dijo que solo podría entrevistarlo durante cinco minutos. Yo le dije que sí, que me llegaba... y luego, cuando me vio llegar con mis más de 40 preguntas, no quiso detenerme con lo que yo me lo había preparado, más de una hora estuve entrevistándolo".
Insiste en que la timidez no es buena amiga de los periodistas, en que es imprescindible respetar los "of the record" y en que esta profesión te permite ver la obra desde el mejor asiento del patio de butacas. Y antes de marcharse a su Segovia natal, deja una definición en el aire que da que pensar: "La entrevista es un entre paréntesis".  

La segunda visita de la semana sabe a África y a Alaska, lleva siempre com él una libreta y dice que viaja siempre solo para que no le distraigan los comentarios. El escritor Javier Reverte nos habla del reportaje, "la columna vertebral del periódico".
Dice que para escribir necesita partir de la realidad, aunque escriba novelas, y se lamenta de que los periódicos estén llenos de "personas tristes perdidas por los despachos, de jefes frustrados". Nos habla de la guerra y nos cuenta alguna anécdota, como la de "una mujer que me dio todo su dinero para que yo, que iba a la guerra, buscase allí a su marido y se lo entregara. Y yo le dije a la mujer: pero, señora, ¿Cómo se fía de mí? ¿Y si me quitan el dinero en la aduana? ¿Y si no encuentro a su marido? ¿Y si no soy de fiar y me quedo con todos sus ahorros? Y ella me contestó: la guerra nos ha enseñado a confiar en los desconocidos y a desconfiar de los conocidos". 

Y también él, como en la anterior visita, vincula el periodismo con la observación constante, " es ver la vida desde los balcones del alma, y desde los mejores escenarios".

Cambiamos de tercio nuevamente y la tercera visita va subida en unos altos zapatos de tacón. Está decidida a defender su género periodístico y a eliminar de él todo prejuicio defendiendo que "no todo puede meterse en el mismo saco". Beatriz Cortazar es tertuliana de los programas del corazón, escribe la sección más leída de ABC, la columna de corazón, y viene a hablarnos del periodismo rosa.
Nos deja dos cosas claras, la primera: "hay mucho intrusismo"; la segunda: "no podéis olvidaros que no somos amigos de nadie". Y además de la operación de Belén Esteban, nos cuenta que "yo fui la que destapó el caso de abusos sexuales que denunció Lydia Bosch"... (Cuidadín con meterse con Lydia...)
Mikel Ayestarán supera por poco la treintena y encaja con exactitud en el perfil de periodista orquesta. No es el primer corresponsal/enviado especial/periodista de guerra que viene a vernos, pero es, o al menos aparenta, de los primeros con principios, con ética.
Viene a hablarnos de los enviados especiales, de la precariedad de su trabajo y de la necesidad de hacer de todo un poco. Para ello, nos cuenta algunas de las notcias sobre las que ha informado y nos las presenta en diferentes formatos, explicándonos cómo las trabaja para televisión y cómo lo hace si van para prensa. Es muy pragmático y su intervención se convierte en una de las charlas de las que más aprendizaje práctico sacamos. Además es muy ilustrativo y nos enseña, por ejemplo, una foto con todo el material que siempre le acompaña en los viajes y que siempre tiene preparado por si, en el momento más inesperado, sucede algo que le obligue a irse.
Como curiosidad, todo el material lo lleva por duplicado: máquina  fotográfica, pie, objetivos y zoom, luz, cableado, micrófono, teléfono por satélite, portátil, pilas, baterías... Además de una resistente mochila que resguarde bien todo ese material.
Nos insiste en la importancia de ir seguros, de ir para informar, no para hacer el héroe, y recuerda que "antes que periodistas, somos personas". (Parece lógico, y qué pocos lo llevan a la práctica)

Carmen Fuentes, Javier Reverte, Beatriz Cortazar y Mikel Ayestarán. Cuatro periodistas que trabajan un periodismo muy diferente. Y a pesar de esas diferencias, todos coincidieron en señalar la necesidad del respeto, el deber de informar, la importancia de la curiosidad. Y los cuatro tuvieron un visible nexo común: se iluminaron cuando hablaban de su oficio, al que defienden por encima de todo, ya que para ellos representa su propia dignidad.

jueves, 17 de diciembre de 2009

Musulmanes y judíos


Parejas, amigos y familias, el nuevo modelo no entiende de religión

El hermano de Cheikh, nacido y residente en Mali y de religión musulmana, espera su primer hijo. Cheikh, también de Mali, pero residente en Jaén, y también musulmán, se lo cuenta a su novia, Andrea, española y de educación cristiana. «Podríamos ir a conocer a tu sobrino», propone Andrea. «Sí, bueno, no sé, puede que el niño no se haga grande», contesta Cheikh. Ante la incertidumbre de ella, él responde: «En Mali, muchos niños se mueren». «¿De qué enfermedad?», pregunta ella. «¿Enfermedad? No. Se mueren porque el niño quiere morirse», explica él. Andrea no entiende qué quiere decir su novio. Él se explica: «Cuando un niño está en la barriga de su madre, Dios le pregunta qué quiere hacer en su vida. El niño le responde si quiere ser rico o pobre, tener familia o no, cuándo y cómo se va a morir.. y hay niños que le dicen a Dios que quieren morir pronto, y entonces muere a la edad exacta que el niño le haya dicho a Dios».

Andrea y Cheikh se conocieron en la playa. Ella veraneaba y él vendía CD´s piratas. Pese a los prejuicios que tenían, empezaron una relación de pareja. Se entienden bien a pesar de sus orígenes diversos, aunque a veces, el choque de culturas, se hace patente. Ocurre, por ejemplo, cuando hablan de Dios. Cada uno de ellos tienen una visión muy diferente, lo que se refleja en conversaciones como ésta. Andrea jamás hubiese justificado de este modo el alto índice de mortalidad infantil en países en vía de desarrollo. Cheikh, sin embargo, no se lo podría plantear de otro modo. Ambos coinciden, sin embargo, en señalar, que el cruce de culturas entre ellos, es positivo, pese a las muchas barreras que tienen que traspasar.

Que la convivencia de culturas es positivo es también lo que piensa Marina, maestra de quinto de primaria en un colegio público de Fuenlabrada. «Tenemos niños musulmanes en clase y en lo único que se diferencian de los demás es en que no van a clase de religión, pero también hay niños occidentales que tampoco quieren dar religión», explica Marina. Y añade: «También les cuentan a sus compañeros que han hecho los deberes en la mezquita, y rezar, rezan antes de venir a clase».

Sin bocatas de chorizo

El momento de la oración no interviene en el desarrollo de las clases porque no coinciden los horarios. Pero sí se refleja cuando niños de diferentes religiones conviven en un campamento. Elena fue monitora en un campamento de verano en Plasencia, donde había niños de diversos cultos. «Sólo tuvimos que cambiar dos cosas: por un lado, permitíamos que mientras unos niños remoloneaban en los sacos de dormir, los que querían, se levantaban y rezaban antes de ir a desayunar, para lo cual, el que había querido, se había llevado su alfombra. Por otro lado, suprimimos los bocadillos de chorizo, no sólo para los niños musulmanes, sino para todos», explica. «Los niños no planteaban problema alguno con la convivencia», añade.

Estas situaciones reflejan una sociedad que, poco a poco, va adaptándose a nuevos modelos en las relaciones personales. Las migraciones provocan que personas de diferentes religiones y culturas se encuentren compartiendo un mismo espacio. Ese encuentro se ve reflejado en aspectos de la vida cotidiana como es el educativo. Los niños aprender a jugar con otros niños sin los prejuicios de sus padres. La puerta de la convivencia está abierta, y los tres cultos dan gracias a un único Dios. Falta saber si Dios atiende de igual modo todos los rezos, ya sean en latín, en árabe o en hebreo.


JUDAÍSMO
Inicios: Primeros indicios, en la Edad de Bronce en Mesopotamia. Oficialmente, cuando Dios, según las enseñanzas bíblicas, prometió a Abraham la tierra de Canaán, futuro Israel.
Historia: En el año 1200 a.C., huyeron de Egipto hacia Canaán. Tras la invasión de Israel en el 585 a.C., se inicia la diáspora, migración masiva de los judíos fuera de Israel. Se expanden por el mundo haciendo florecer su cultura, pero sin encontrar jamás un lugar propio.  Desde la creación de Palestina en 1900, la lucha entre judíos y palestinos se hace constante. Posteriormente, durante el holocausto nazi, dos tercios de los judíos fueron asesinados.
Principios: Dios, la Torá e Israel. La oración y el reposo.
Libro: Los  cinco primeros libros de la Biblia, la Torá, revelada por Dios a Moisés en el monte Sinaí.  No creen ni en Jesucristo como divinidad ni en los preceptos del Nuevo Testamento.
Festividad: El sábado, cuando celebran el Shabat.
Más: No comen cerdo. A los ocho días de vida de un niño le practican la circuncisión como símbolo de la comunión con Dios. Creen que pueden aún venir nuevos profetas. Dentro del judaísmo, existen reformistas, conservadores y ortodoxos, citados de menor a mayor grado de apertura.



ISLAMISMO
Inicios: La última revelación de Alá dio lugar al Islamismo. Primero en La Meca, en el año 570, y después en Medina. Nace como una revisión del judaísmo y el cristianismo, a las que atacan de religiones supersticiosas e idólatras.
Historia:Se acepta como religión a partir del 630. Se extienden por la India, Egipto, Mesopotamia y Siria. En España estuvieron bajo el emirato omeya, creando Al-Andaluz y trayendo una época de esplendor hasta que fueron expulsados en 1492 del reino de Granada, el último territorio que les quedaba.
Principios: Fraternidad, igualdad y solidaridad. Sus cinco pilares son la creencia en que «no hay más Dios que Alá y Mahoma es su profeta», la obligación de rezar cinco veces al día, viajar a La Meca una vez en la vida, abstenerse y ayunar durante el mes del Ramadán y entregar tributos a los necesitados.   
Libro: El Corán, dictado por Alá a Mahoma a través de Yibril, el arcángel Gabriel.
Festividad: El viernes, llamado Sabat.
Más: Islám significa «sumisión a la voluntad de Dios». No comen cerdo. Practican la circuncisión. Creen que Mahoma fue el último profeta, tras el cual no vendrá ninguno más. Se dividen en sunies y chiies.

TOLEDO, la ciudad que consiguió hermanar a las tres religiones monoteístas

Toledo huele a Mazapán, y no sólo en Navidad, sino durante todo el año. Desde que en épocas de hambruna, las monjas de San Clemente hicieran «mazacotes» de pan para paliar el hambre, es decir, mazapanes, la ciudad castellano manchega se hizo popular por este dulce. Pero más que por su gastronomía, Toledo se convirtió en el símbolo de la tolerancia religiosa, capaz de hermanar a los diferentes cultos.


Toledo es hoy en día la ciudad española donde se concentran más templos. Iglesias, sinagogas, mezquitas… Tiempo atrás, supo combinar culturas y religiones: judíos, cristianos y musulmanes convivieron apaciblemente aumentando la riqueza cultural y económica de la ciudad, hasta que Isabel la Católica los expulsó en 1492. En memoria de aquello, muchos sefarditas, descendientes de aquellos judíos expulsados, continúan en la actualidad conservando la llave de esas casas que tuvieron que dejar.

No siempre respetadas, a menudo perseguidas, diferentes religiones y culturas han ido asentándose en territorio español, en un Estado laico pero con una fuerte tradición cristiana. Aunque también en el sur de España la influencia árabe fue decisiva, Toledo es la ciudad que mejor ejemplifica esta comunión. Aunque encontrar hoy en día musulmanes y judíos que dispongan en Toledo de un lugar para orar y para reunirse es complicado. Ahora, más que un crisol de culturas, Toledo es una ciudad museo.

De las once sinagogas construidas, hoy sólo conserva su poder la Sinagoga del Tránsito, convertida en el símbolo de la ciudad. Los judíos huían de los adornos cristianos, «meditación y rezo», proponían. Pero una sinagoga construida y financiada por judíos, diseñada por musulmanes (imitando a la Mezquita de Marruecos) y en una época dominada por el reinado cristiano, no podía construirse como una sinagoga convencional. Prescindió de esa planta superior desde la que las mujeres rezaban, para aunar a ambos sexos en una única planta baja, eso sí, separados por un velo blanco: ellos en el interior; ellas, en el exterior.

Mirando a Dios

Cuando los cristianos se quedaron solos, destruyeron todos los edificios pertenecientes a otras religiones. Pero fueron incapaces de destruir esta sinagoga, les pareció de tal belleza que era un precio demasiado alto a pagar, así que decidieron tirar únicamente el muro de Torá, y crear, en su lugar, un Altar Mayor.

Árabe, hebreo, castellano y latín. Así fue Toledo, y algo queda. La propia catedral de la ciudad, la Catedral de Santa María, es muestra de ello. Doscientos años pasaron entre la construcción de una torre y de la otra, 192 metros de torre gótica con influencia mudéjar que se alza hacia el cielo en busca de Dios, frente a una torre campanario de estilo renacentista. Otra de las leyendas toledanas impulsa la historia de ese campanario que tan sólo ha sonado una vez. La leyenda, amparándose en la magia, cuenta que su sonido fue tan potente que los cristales de toda la catedral estallaron. La historia lo achaca a que la campana fraguó mal. Pero la leyenda permitió no cortar cabezas.

Cristo de la Luz

Los árabes tuvieron tanta presencia en Toledo como los judíos, y aunque el turista de hoy se sorprenda por el nombre de su mezquita más característica, la mezquita Cristo de la luz, esta denominación no es más que otra prueba de la mezcla de culturas. Dicho templo fue en su origen la mezquita de Bab al-Mardum y posteriormente la iglesia del Cristo de la Luz. Actualmente, es la mezquita mejor conservada de las diez que existieron en la ciudad durante la época musulmana.

Celosos de su intimidad

Toledo es una ciudad llena de turistas, pero, a pesar de ellos, sigue siendo un lugar silencioso y místico, donde los paisanos guardan con extremo celo su intimidad. Hecho nada extraño si se atiende a la herencia dejada por sus antepasados.

Las casas toledanas judías tenían un característico patio. La vida allí, a puerta cerrada, constituía una vida familiar ajena a la de la ciudad. En los patios se plantaban árboles que iban creciendo siendo testigos del paso de los niños a hombres. Cuando las familias aumentaban, a las casas se les añadían plantas. Los árboles del patio se asomaban al exterior por las ventanas de los pisos superiores, por eso, cuando el árbol necesitaba una poda, el dueño de la casa debía avisar a los vecinos por carta, no fuese a ser que al subirse al árbol, uno se inmiscuyera en vida ajena, contemplada a través de la ventana.

Hasta tal punto llegaba esa protección de la intimidad que nunca un portón se colocaba frente al otro, si no que se alteraban pares e impares para que nunca las puertas estuviesen frente a frente.


Mientras, los musulmanes demostraban ese recelo en la construcción de sus mezquita, hechas con muros blancos que se conectaban con el exterior por celosías de madera que permitían ver desde dentro el exterior, pero les escondía de miradas indiscretas.

Dicen que el miedo nace de la ignorancia, del desconocimiento. El halo de misterio que envuelve hoy en día a las religiones musulmana y judía pueden ser herencia también de aquellos días. Lo cierto es que, en ningún lugar de España, las tres religiones monoteístas volvieron a convivir tan apaciblemente como en aquellos tiempos toledanos.

martes, 15 de diciembre de 2009

Ya no se hacen películas como las de antes...

Había una vez un hombre...
que se hizo un blog y empezó a escribir en él críticas de cine. Y es que el cine le gustaba mucho... Un día, de pronto, llamaron al hombre los de la Butaca y le propusieron sumarse al plantel de críticos. El hombre aceptó y, así hizo, de su hobby, un trabajo.
Luego fue pasando el tiempo... Mientras, el hombre siguió también en su trabajo, un periodista entre libros y libros y libros... Y como era un poco inquieto, empezó también a salir en la tele y a hacer un programa de radio...
Y así, como le pasan a él las cosas, de pronto un día le llaman para ofrecerle que publique sus críticas en un libro. Pero no es cuestión de oportunismo ni de casualidades, ni de tener la suerte de su parte, sino más bien, de perseverancia, optimismo y voluntad, de trabajar mucho y del que vale, vale, y él sabe de cine más que nadie.
Aunque él, como sin darle importancia, lo cuente así:
"Pues sí. Y tiene el corto y contundente título de Ya no se hacen películas como las de antes... pero no importa. 154 razones para seguir teniendo fe en el cine, y me lo publica la editorial Laria. Se trata de una antología de críticas publicadas, en su mayor parte, en LaButaca.net, y unas pocas en el blog."
Pero luego, el hombre reconoce la ilusión que le hace su primer libro (primero que yo sepa, pero a saber), y te lo imaginas como el niño el día de Reyes desenvolviendo regalos: "El viernes tuve en mis manos el primer ejemplar, y os puedo asegurar que fue una experiencia muy emocionante...", cuenta en su blog.

El libro puede solicitarse en cualquier El Corte Inglés; también en la librería Ocho y Medio de Madrid (Martín de los Heros, 11); o bien on line en esta web.

Ah, bueno, el hombre en cuestión se llama Miguel Ángel Delgado (Michel para los amigos) y su libro puede ser el regalo perfecto para estas Navidades...
Por cierto, ¡¡fue Máster ABC (en la promoción... ¿96?...)!! (y no solo logró sobrevivir al máster, sino que fue una gran experiencia)

YA NO SE HACEN PELÍCULAS COMO LAS DE ANTES... PERO NO IMPORTA
154 razones para seguir teniendo fe en el cine
Miguel A. Delgado
Editorial Laria, 2009
ISBN 978-84926001-2-0
PVP: 20€

lunes, 14 de diciembre de 2009

Creer

"Todos creemos en algo hijo. Unos en unas cosas, otros en otra. El pájaro, los geranios, o las piedras del río no creen en nada, pero las personas sí, todos creemos. Ese cantante tan famoso que fue al Café cree en la música; si no, no hubiera podido cantar como lo hizo aquella noche. El tío Luis cree en la fuerza, en su oficio, en sus chicos. Hasta en las comidas que la tía le prepara. Tu padre creía en la República y luchó por ella, luchó y perdió; lo pagó muy caro, pero eso es lo de menos, aunque duela tanto. Lo de más es que luchó por lo que le parecía justo.
Que tú dejes de creer en algo de lo que te enseñaron de pequeño es normal, la vida no se detiene por ello; te quedarás vacío un tiempo, y luego descubrirás cosas nuevas en las que pondrás tu confianza, y alguna, ya lo verás, te hará entender mejor todo esto. Deja que pase el tiempo y no te preocupes más, yo estoy aquí, contigo."

jueves, 10 de diciembre de 2009

Larra en diciembre


EL duende satírico del día, de Mariano José de Larra

La Bibliteca Nacional dedica diciembre a Mariano José de Larra a través de la Pieza del mes, donde se verán los inicios periodísticos, con 19 años, del autor.


Hoy a las 18.30 horas, Mª Dolores Rodríguez Fuentes, Jefe de Servicio de Gestión de Colecciones de Publicaciones Seriadas de la Biblioteca Nacional, dará una conferencia llamada: El inicio frustrado de Larra como periodista.
Se mostrarán cinco cuadernillos que forman parte de la obra del periodista, publicados a lo largo del año 1828 en cuatro imprentas distintas y costeados por el propio autor. Son los siguientes: 

Primer cuaderno: Diálogo. El duende y el librero y El Café.
Segundo cuaderno: Una comedia moderna: treinta años o la vida de un jugador.
Tercer cuaderno: Corridas de toros.
Cuarto cuaderno: Un periódico del día ó el Correo literario y mercantil.
Cuaderno quinto: Donde las dan las toman.

miércoles, 9 de diciembre de 2009

Leer los periódicos

He perdido la cuenta de las veces que, durante la carrera, algún profesor, en tono imperativo, nos ha repetido: "Leer los periódicos". Y aún hoy, acabada la carrera, nos lo siguen repitiendo incesantemente.  El último, hace diez minutos. "¿Cuántos periódicos leéis al día?", nos ha preguntado. El ABC ha dado pleno, era el único que leíamos todos. Eso sí, sólo desde hace dos meses.
Los profesores argumentan que para ser periodistas debemos tener mil ojos y estar atento a todo lo que ocurre a nuestro alrededor, y, para ello, debemos empezar leyendo: leyendo la prensa, la propia y la competencia, leyéndola con ojos de periodistas... También nos dicen que leyendo buenos artículos aprendemos a escribirlos, vamos, que "se nos pega".
Pero no hacemos demasiado caso y no los leemos, o los leemos a regañadientes, sin disfrutarlos, medio obligados.
Escribo en el intermedio entre la asignatura de "Escritura y verdad" y la de "Relaciones internacionales". Cuando, en media hora, el jefe de internacional venga a mandarnos prácticas de Somalia y hablarnos de Copenhague, lo primero qué nos preguntará es si nos hemos leído la sección de Internacional. Nos la habremos leído, pero sólo hoy; mañana nos dará pereza.
¿Por qué si nos gusta el periodismo y durante cinco años de carrera nos han repetido mil argumentos para que leamos la prensa no han conseguido que la leamos?

Recuerdo unas prácticas en las que la parte que más me gustaba de la jornada era llegar a la inmensa redacción, observar, una al lado de la otra, las portadas de todos los periódicos, y recoger un ejemplar de cada uno de ellos para pasarme la mañana leyéndolos. No hice demasiado en esas prácticas pero leí la prensa más que nunca. También es cierto que venía motivada de los meses anteriores.
Durante unos cuantos meses en el penúltimo año de carrera, lograron motivarme de tal modo que devoraba la prensa. Volvía de la facultad cargada con los ejemplares del día anterior, me sentaba después de cenar en el sofá, con mi gato ronroneándome sobre la falda, con bolígrafo y tijeras, y me leía todos los periódicos. En algunos, mi lectora precedente, de la que heredaba todos los periódicos, me había dejado anotaciones, llamadas de atención, y el hecho de saberlo y buscarlas, aumentaban aún más mi interés por leer aquellos periódicos. Realmente, los leía con devoción.

Cuando llegamos al máster por la mañana, nos dan a cada uno un ejemplar del ABC. A lo largo del día, lo voy hojeando. En días como hoy, con clases, me detengo en Internacional. Pero por lo general, Cultura y Local son las secciones en las que más me recreo. En otros periódicos, también Sociedad, pero en éste no, ya que esa Sociedad podría llamarse aquí Religión y Monarquía, que son los únicos temas que trata. Nacional y Economía las leo atendiendo a las recientes clases de Política y a aquellas prácticas en las que leía periódicos. La de Deportes la paso.
Intento echar un vistazo a los demás, pero tenemos un ejemplar para los quince y, mientras nadie abre Expansión, El País, antes de media mañana, ya ha desaparecido. Alguien lo roba...
No es tan fácil encontrar tiempo para leer los periódicos con el detenimiento que deberíamos, y la pereza no es buena aliada, pero, al menos nosotros, que nos dedicamos a esto, deberíamos ser capaces de encontrar ese tiempo, y sobre todo, de creernos realmente que leer los periódicos nos va a servir para algo. Los profesores siguen repitiéndonoslo pero no consiguen motivarnos. Pero yo sé, porque hubo un pasado en que así fue, que algunos lo consiguen. Y nos enseñaron, y algo queda, a disfrutar -y mucho- leyendo los periódicos.

martes, 8 de diciembre de 2009

Descripción

En el techo, destartalada, una luz artificial y amarilla constantemente encendida. Sobre el suelo, de un parqué que nunca está limpio, pañuelos de papel, unas babuchas y una papelera naranja, del mismo color que las paredes. Entre el techo y el suelo, la vida, o eso espera.

En una esquina, un armario blanco decorado con un mapa del mundo, los lugares a los que nunca viajará. Una hoja de calendario llena de anotaciones, de citas impuestas. El cartel que anuncia un espectáculo de baile: promesas, anhelos.

El armario no cierra, está repleto de ropa descolorida, de zapatos con las suelas despegadas. Se entreven accesorios inútiles y cuadernos amontonados. Sobre el armario, una montaña de libros en los que buscar otras vidas, donde olvidarse de la propia. Se hayan también sobre él, la esterilla de un gimnasio al que nunca fue, el casco de una bici que nunca monta, un montón de CD´s repetidos, los mismos que suenan, en ese momento, por el ordenador, situado en la mesa.

La mesa está pegada a la otra pared, es de madera y, sobre ella, se desperdigan bolígrafos sin tinta, rotuladores y pastillas para el dolor de cabeza. Un ordenador que le cuesta encenderse y un teclado que tiene vida propia. Manchas verdes en la mesa indican un pasado desconocido.

Un sillón de cuero negro protesta por no encontrar su sitio, la habitación es minúscula y no puede ejercer su función de asiento delante de la mesa. Así que se conforma con ejercer de cómoda y, obstruyendo el paso, detrás de la puerta, servir de soporte de mochilas, bolsos y ropa amontonada.

La cama no es individual pero tampoco de matrimonio, tiene esa medida absurda que no es ni lo uno ni lo otro, como no podía ser de otro modo. Una colcha a cuadros, retazos del pasado que quedó atrás, y un par de cojines hambrientos.

Nada es lo que parece y la rejilla de un verdulero hace las funciones de una mesilla de noche. Más libros, más cuadernos, más pañuelos, más desorden. Un reloj que suene a las ocho y le saque de las pesadillas. Una lámpara negra. Unas gafas. Objetos varios, objetos inútiles.

Una ventana que no ejerce de ventana, un muro que se alza acabando con la útima esperanza de que entre algo de luz y demasiadas imágenes decorando las paredes. Fotografías y cuentos. Poesías que dejaron de tener el significado primario. Y la habitación descrita, lugar de encierro, es, al mismo tiempo, la mayor cárcel y la más efectiva liberación.

domingo, 6 de diciembre de 2009

Insurrección

¿Dónde estabas entonces cuando tanto te necesité?

viernes, 27 de noviembre de 2009

Corresponsales en Madrid



"Los viajes permiten huir de todo... quizá son la última bienaventuranza que nos queda al alcance de la mano: el último impulso romántico".
En pro de motivarnos y darle un impulso al periodismo local, nos han encargado ser "corresponsales en Madrid". Nos han dividido por distritos y nos han planteado que nos lo tomemos como si el distrito asignado se tratase de un país del que debemos cubrir todo lo que acontezca. Nos han aconsejado que localicemos comisarías, centros de salud, asociaciones de vecinos y otras posibles fuentes, pero que, principalmente, paseemos por nuestro barrio con los ojos muy abiertos.
Igual que al viajar, cuando nos adentremos en nuestro espacio, debemos olvidarnos de ideas preconcebidas y prejuicios, debemos mirar más allá, más allá de todo, y estar abiertos a aquello cuánto acontezca, ser los omnipresentes observadores, palpar, sentir...
Sin embargo, cuando entre los compañeros hablamos, a la emoción del descubrimiento le anteponemos el miedo, la duda  a lo desconocido, la incertidumbre de no saber cómo introducirnos, cómo empezar a informar, cómo oler, ver, saborear, tocar y oír nuestro distrito. Esas son las ideas que estos días vuelan por el máster y, por ello, andamos preguntando a todos los profesores, pidiendo consejos a los periodistas locales y olvidándonos de que en el descubrimiento que se nos presenta existe la posibilidad de aprender, de sacar el viejo impulso de los viajeros románticos.

Mi distrito a cubrir es el Madrid centro, desde Embajadores a Bilbao, desde el Manzanares al Prado. Al lado de postales y suspiros, en mi habitación, he colocado un callejero, he señalado lugares, posibles fuentes, calles... y lo observo mientras me preparo a introducirme, a dejarme seducir.
Pero en la novedad siempre resta algo del ayer, y en el descubrimiento siempre está la base de un pasado, y alejar ideas preconcebidas como nos han aconsejado es más difícil de lo que parece. Así que me detengo y observo la pared de mi habitación y entre postales y mapas, palpa la idea del viaje como huida y en letras enormes, para que no se me olvide, sigue viva aquella frase que cuando la escuche, hace casi dos años, supe que ya nunca me la quitaría de la cabeza, como si se tratase de las cadenas de las que no podemos desprendernos.
Me abro a descubrir, pero gana la desconfianza. El prejuicio de saber que todo nuevo conocimiento y nueva vivencia tiene su precio, precios a menudo demasiado caros, y para los que a veces no nos queda más remedio que declararnos insolventes. Descubrir, como viajar, puede ser muy duro. Y me vuelve a encadenar, a perseguir la frase, el miedo, la vulnerabilidad, el saber que descubrir, que "viajar es el más terrible de todos los pecados".

jueves, 19 de noviembre de 2009

Perfil de Lobo Antunes

     Vanidad, egocentrismo y prepotencia. Podrían ser –quizás– tres lugares comunes en los que habitan escritores, actores, músicos, ¿periodistas?... y, en cierto modo, todas aquellas profesiones donde persona y oficio parten de la misma base, donde la exposición de uno frente a muchos es máxima. Puede que también la inseguridad, la que da la sensación del trabajo nunca perfecto, sea un espacio compartido.
     Lobo Antunes se muestra directo y personal, desinhibido y al mismo tiempo tímido, de vuelta de todo y, en el mismo instante, sorprendido, expectante. El escritor va definiéndose sin adjetivos, con evocaciones, anécdotas y palabras que le retratan. Con silencios y cambios de tercio que dejan patente su capacidad de control, su manejo del entorno.
     Referencias culturales frecuentes, intertextualidad, anhelos… que manifiestan una construida base de conocimiento, un estudio previo y una comparación constante entre lo que hay y lo que hubo, lo que hace él y lo que hacen los demás, lo que imagina y lo que existe.
     Se muestra pasional –con la pasión de Bach– pero con una pasión retenida, que nace de la lógica más que del instinto, como demuestra al hablar del amor y las mujeres, de las arquitecturas complejas del ser humano que evoca en sus libros.
     Inquilino posible de la melancolía como refleja al reconocer que “nunca me siento solo cuando estoy solo”, para recapacitar que la soledad la siente sin embargo cuando está en compañía de la gente inadecuada. 
     Recurrente y obsesivo podrían ser también adjetivos que lo describan, sin dejar de ser tópicos que comparten las personas sensibles, los oficios artísticos, la humanidad cuando, consigo misma, logra analizarse con un poco de indulgencia y compromiso, con lealtad.  

miércoles, 18 de noviembre de 2009

Arcadi Espada: "El periodismo se compra"

“El periodismo se compra”. Así de directo y enigmático nos lanza el periodista Arcadi Espada, actual colaborador del diario El mundo, una primera premisa de su nuevo medio. Un fondo en negro en una página de Internet y una sucesión de ideas: “El periodismo no se vende. El periódico nació de los ciudadanos y ha acabado viviendo del poder. Los hechos se han convertido en opiniones y las opiniones en hechos.” Y continúa. Alusiones poéticas. Aquellas dos Españas que helaban el corazón. 
Y concluye con una pregunta: ¿Estás satisfecho con el periodismo actual? La respuesta se presupone y la enigmática página te dice: “Déjanos tu e-mail y tendrás buenas noticias muy pronto”.
La curiosidad nos puede. Y le dejamos el e-mail.

Arcadi Espada, autor de libros como Periodismo práctico, ha iniciado de este modo el lanzamiento de un nuevo medio digital, que nace con un presupuesto inicial de 250.000 euros, y al que denominará Factual, en un juego de palabras entre ‘facto’ (hecho en latín) y ‘actualidad’.

Las redes sociales, los correos electrónicos e Internet son, a dos semanas de la apertura del medio, el vehículo para publicitarlo.

Pasan un par de días y un mensaje parpadea en tu correo. Es Arcadi. Una propuesta de contrato te invita a poner en práctica que el periodismo se compra. Su nuevo medio incita a los lectores potenciales a suscribirse al medio por un precio de 50 euros al año. Además, quien se suscriba antes de que el medio salga a la luz, está invitado a visitar la redacción durante los primeros 100 días desde su salida.

Entonces, recuerdas cómo se presentaba aquel libro de Periodismo Práctico en la contraportada. Leías: “Arcadi Espada lleva toda una vida preparando este libro, esto es, leyendo diarios a diario. Haciendo periodismo práctico”.

En ese momento y con la oferta del contrato aún parpadeando en tu correo, reflexionas: ¿el periodismo se compra? ¿Se está desvalorando el papel del periodista si no se paga la información que genera? ¿Conseguirá Arcadi que, en medio de esta crisis, futuros lectores paguen 50 euros por un medio que aún no existe?

Sigues haciéndote preguntas: ¿qué papel juega el periodismo en la sociedad? ¿Estaríamos bien comunicados si la información solo fuese generada por ciudadanos en lugar de por profesionales? ¿Tendrá éxito esta premisa de vender el periodismo digital? Y mientras, en mi correo electrónico sigue Arcadi parpadeando.

martes, 17 de noviembre de 2009

Festival EÑE: Mejor leer que ver

“La lectura no soporta la voz imperativa”, apunta Fernando Savater citando a Daniel Pennac. Y luego lo compara con un cocido: "Por obligación puede resultar indigesto; bien asumido, exquisito".
Durante dos días, escritores, profesores, periodistas, filósofos y artistas varios han debatido en el Círculo de Bellas Artes de Madrid sobre diferentes aspectos del mundo literario, en el marco del Festival Eñe.
Savater aconseja desvestir a la lectura de su valor instrumental y obligatorio para entregarla al placer. Y alguien, entonces, le reprocha lo absurdo del planteamiento argumentando que hoy, gracias a esa imposición, se lee más. “Se venden más libros que antes, pero se leen menos. –responde él– En Navidad se regalarán muchos libros… para decorar las estanterías”.
 

Pero del mismo modo que criticó la imposición, alzó la figura del mentor, del guía de lectura, del maestro. Y quienes hemos tenido la fortuna de, en momentos de nuestra vida, tener un “tutor de lecturas”, alguien que, sin imposición, y con sutileza, sepa colocarnos en las manos el libro que necesitamos justo en el momento adecuado, entendemos las palabras de Savater porque asumimos que aquellas "incitaciones" marcaron nuestra pasión literaria.
El escritor intentó contagiar entre los presentes el placer de leer, aunque reconociendo que son muchas las competencias a las que hoy se enfrenta la literatura, y continuando con referencias, citó a David Olson: “El habla nos hace humanos; la lectura, civilizados”.

Pero no fue la lectura el único tema que se debatió durante el festival. Muchos escritores quisieron quemarse en su propia hoguera de las vanidades y explicar en qué consiste la labor de creación de sus obras. Pero si no hay delicia comparable a leer un buen libro, no hay modo peor de alejar a los lectores que darles a conocer de primera mano a los escritores que habitan tras los libros. No ocurre siempre, pero a menudo tras un excelente escritor se esconde un mal orador. Considero que mejor le iría a la literatura si de sus autores sólo supiésemos el nombre, o a lo más, el mito, una maraña de anécdotas de las cuales no se sepan qué hay de real y qué de falso. Pongo un ejemplo (totalmente subjetivo), por muy buena literatura o periodismo que haga, me extraña que alguien sea capaz de leer agradablemente a Javier Marías si lo ha escuchado dar una conferencia. 

La lectura y el oficio de escritor desembocaron en temas más abstractos, en esas materias primas de las que se componen vida y literatura: de memoria y necesario olvido, de dolor y amor contrapuestos. De la verdad “que es una casualidad, que podría ser como podría no ser”, en palabras del poeta Antonio Gamoneda. Las palabras y el alma: se perdona o se maldice. Y alguien continuó hablando. El tiempo: “el presente es la premonición del pasado; el futuro, literatura”, recitó el fotógrafo Alberto García Alix en una magnifica mezcolanza de poesía, fotografía y erotismo.
La escritura como escape o como salvación. “Las palabras se quiebran cuando el lector las comprende", anotó Guillermo Fadaneli analizando la literatura como autodestrucción. ¿Es necesario que el lector comprenda el significado que el autor quiso expresar? ¿O es preferible que haga su propia lectura? Que empatice, que se emocione…


En otro tono, Soledad Puértolas añadió: “Mi oficio es contar historias. No tiene que ver con la cultura, sino con la fantasía”, y relacionó sus inicios con la enfermedad. “Estar enferma durante una gran parte de mi infancia, me regaló la literatura, pero me arrebató la confianza.”. Otro tema: Escritura y vulnerabilidad. Y el Festival Eñe concluye dejando las puertas abiertas.

lunes, 16 de noviembre de 2009

Piedras ¿vivas?



Una luz parpadea. Así estará durante los 50 minutos que dura la misa. Feligreses van entrando lentamente: son unas ochenta personas, predominan las mujeres, tan sólo hay una veintena de hombres. Excepto contadas excepciones, todos superan la edad de jubilación.   
Entre esas excepciones, una niña de unos siete años mira distraída una columna. Un par de críos desde un carrito ponen banda sonora al acto en forma de gritos.
Es un domingo frío del mes de noviembre. La Iglesia María Auxiliadora, en las inmediaciones de la estación de Atocha. El espacio es amplio. La mayoría de los feligreses se sientan con, al menos, un banco libre de separación entre unos y otros.
Son las once de la mañana. Con exquisita puntualidad, la música ambiental anuncia la entrada del párroco, Manuel Aparicio. En vísperas de la Almudena, la celebración está dedicada a la Basílica de Letrán, catedral romana que, erigida en el año 313, goza el privilegio de ser la primera iglesia del mundo.

La música del órgano, presionado desde la retaguardia por otro cura, da cierta solemnidad. Un parroquiano inicia la primera lectura: La profecía de Ezequiel 47. El templo visto como manantial. Le siguen el Salmo 45 y una de las Cartas de San Pablo a los Corintios. El tema en todos los casos es el del espacio: La Iglesia como edificio de Dios.
Edificios fríos parecen los cuerpos inmóviles de una audiencia aparentemente poco implicada. Continúa la misa con un pasaje clásico: el Evangelio de San Juan en el que se relata el momento en que Jesús echa a los vendedores del templo. «No convirtáis en un mercado la casa de mi padre», grita. Después añade otra frase emblemática: «Destruir este templo, y en tres días lo levantaré». Habla metafóricamente como el templo de su cuerpo. Metáforas no siempre bien entendidas. El llanto agudo de un bebe interrumpe las lecturas.


El sentido de la Iglesia
Terminadas éstas, el sermón del párroco se centra en la figura de la Iglesia. «Somos una comunidad mucho más amplia», dice. No se sabe en referencia a qué. Su tono es calmado, hace uso de la persuasión. Habla de una comunidad «formada por personas».
Se acompaña de un movimiento enfático de manos.
Intenta reflexionar sobre «el verdadero sentido que para nosotros tiene la Iglesia» e invita a la comunidad que lo escucha a sentirse como « piedras vivas de la única Iglesia de Cristo». Alude entonces a los aspectos físicos de las personas y expresa la necesidad de cuidar el cuerpo «dado que en él habita el espíritu».
Tras el sermón, las peticiones son básicamente eclesiásticas: por la Iglesia, por el Obispo de Roma, por los que no conocen a Jesús...
Llegado el momento de la limosna, tres mujeres pasan la cesta. El cura canta. Nadie lo acompaña con su voz. Luego invita a dar la paz. Apenas hay intercambio de besos, la lejanía entre los feligreses es físicamente tangible. Se bendicen el pan y el vino. Algo más de la mitad del aforo se acerca a comulgar.
No se cruzan miradas. Nadie deja su abrigo, tampoco la seriedad de sus rostros. Tras un «podéis ir en paz», la gente se marcha apresurada. Tan sólo unos pocos esperan a que acaben los cantos para salir.Cierta sensación de inercia. El cura desaparece de escena. En la puerta de la iglesia, venden lotería de Navidad.

sábado, 14 de noviembre de 2009

Mis objetos (Retratos)

Podría decir que los objetos no importan, que no son más que el reflejo de nuestra sociedad materialista. Pero no estaría siendo del todo sincera. Nos han pedido que fotografiemos 30 objetos que vayan a acompañarnos, que nos estén ya acompañando, durante nuestro recorrido en el máster. Materialidad en la que vernos reflejados, en la que vislumbrar rasgos de cómo somos. ¿Son nuestros objetos capaces de describirnos?

A continuación añado mis treinta fotos. Son numerosos los objetos que nos resguardan a lo largo de nuestra cotidianidad. Algunos, simplemente, son eso: objetos. Otros añaden otra dimensión al ser sujetos receptores de lo que hemos denominado un “valor sentimental”. Un término que difiere de utilidad y lógica y que sólo se adhiere a criterios emocionales. Mi lista contiene objetos de diversos valores.
Hay objetos que no tienen más valor que el de la utilidad –y a ello va unida cierta dependencia– y el de la obligación impuesta por nuestra sociedad. Es el ordenador en el que escribo ahora mismo, la cartera, el abono del metro, el móvil, la grabadora, la cámara de fotos
Hay objetos que son reflejos de lo cotidiano: el arbornoz, la cafetera, el abrigo
Aunque sin dejar de ser muestra de una costumbre también implican valores. Pongo un ejemplo: la cafetera –cotidiana– da muestra de un hábito, pero además, la caja de metal donde guardar el café, traspasa la utilidad (mantener el café en condiciones óptmas) para convertirse en un objeto que siempre me acompaña.
Un valor simbólico tienen los objetos y las fotografías que elegimos para decorar nuestro espacio. Considero que las paredes de nuestro día a día son un reflejo importante de cómo somos y a qué aspiramos. Mis paredes, llenas de fotos de mi familia, de mis animales, de mis amigos… decoradas con frases, con retales de palabras… con postales de los lugares soñados, con historias… con recuerdos… muestran una elección constante que me retrata.
Los libros, los cuadernos, mis libretas, los bolígrafos… dejan al descubierto una pasión, una obsesión, una parte muy importante de mi personalidad. 
Y hay objetos que, al margen de son útiles o son innecesarios –de todo hay– tienen un valor para nosotros que traspasa lo físico y que son cómplices de nuestra fibra sensible. Algunos pañuelos y bufandas, un recetario de cocina, un reloj despertador, una toca, la radio
Es imposible que la misma lectura de estas fotos haga quien te conoce a quien no es más que un compañero puntual en tu recorrido vital, y, aún así, queda patente que tus objetos, más que ser muestra de una desprestigiada materialidad, son el reflejo de tu esencia.    















viernes, 13 de noviembre de 2009

Acostumbrándome a Madrid

“Como relucen”, pensé. Realmente brillaban con una llamativa diferencia respecto a los que había a su alrededor, todos sucios y viejos. Los miré detenidamente hasta que la palabra “Suanzes”, entonada por la megafonía del metro, me hicieron apartar con un sobresalto mi mirada de los zapatos de aquel viajero. Al subir las escaleras, pensé que hacía dos días había estado en la playa, y en un intento desesperado de recuperar ese calor, apreté la solapa de la chaqueta contra mi pecho y me recoloqué el pañuelo. Caminé deprisa, un día más había sido en vano el intento de llegar antes de que el reloj marcara las diez. Aún no habían transcurrido los suficientes días como para que la cotidianidad necesaria abarcará el espacio. Así que volví a dudar antes de decidir cual era la calle correcta.
     Llevaba menos de dos semanas acudiendo al ABC, todo aún era demasiado novedoso. Me acordé de aquellas palabras que insistían en la necesidad de ver todo con los ojos de un niño, con su ingenuidad y su capacidad de asombro. Pero no recordé dónde las leí, o dónde las escuché. Quizás en alguna canción de esas que me gustan a mí, “más habladas que cantadas”, como me decía el otro día un compañero. Entre en el aula y saludé rápidamente, sin palabras, con una cómplice mirada, a mis dos compañeras de fila. Afortunadamente, la sequedad que a veces me achacaban, –“no pareces andaluza”, me han llegado a reprochar–, no se había manifestado y, en muy pocos días, había encajado muy bien días con esas dos chicas.
     El profesor ya había empezado su clase. Mi escasa capacidad de concentración empezó a hacer de las suyas y mis manos a adueñarse de las teclas del ordenador. Mientras, mis pensamientos efímeros, ajenos a la explicación, vagaban a su aire. El profesor contó algo de Afganistán. No logro recordar el qué. También sé que alguien habló. No sé quién fue ni qué dijo, sólo sé que ocurrió. Lo sé porque, en ese momento, pensé, y decidí, que ya iba siendo hora de aprenderme los nombres de mis compañeros.
     No pasó demasiado tiempo –o al menos esa fue la sensación– cuando entró el secretario del máster a avisar del final de la clase. Me prometí estar más concentrada en la próxima. No estoy segura de si lo conseguí. Como todos, tenía la cabeza más puesta en la primera práctica, que ya nos la habían mandado, que en el transcurso de las clases.
     Además, la odisea de buscar piso en esta ciudad que, antes de darle ninguna oportunidad, ya empezaba a odiar, era otro de los pensamientos que dificultaban mi concentración. Aún estaba impresionada con el piso que había visto el día anterior. El techo de la habitación chocaba contra mi cabeza. “Es que son techos bajos, de 1,70” me dijo la casera, sintiéndose ofendida por mi protesta. “Pues menos mal que no uso tacones”, le contesté.
     El hecho de trasladarnos en las siguientes dos clases a la mesa de trabajo facilitó que no me perdiera entre mis pensamientos y mis páginas web. El profesor explicó las diferencias entre Derecho de la Información y Derecho a la Intimidad y caí en la cuenta de que, pese a lo que hubiese podido creer, sí que me había servido la carrera. Las explicaciones me resultaron familiares, conocimientos que en algún momento había adquirido y que, pese a creer que habían desaparecido, esperaban en algún cajón de mi memoria aguardando la hora exacta de reaparecer.
     Alguien, no recuerdo quién, interrumpió mis pensamientos con el comentario de que olía a comida. Intenté hacer un esfuerzo pero, como siempre, no conseguí diferenciar olores. Menos mal que con otros sentidos soy más hábil. Sin embargo, mi estómago sí debió percibir el olor y mis tripas, instintivamente, sonaron pidiendo alimento. Afortunadamente nos habían dado la tarde libre, lo que significaba que podría aprovechar el tiempo libre para continuar buscando piso. Lo malo es que el momento de comer acabaría posponiéndolo hasta llegar a casa de mi hermano, donde andaba instalada por entonces.
     Sólo hubo una clase más antes de marcharnos. Exceso de metafísica. Vocabulario hermético. Habla de retórica y omite la primera regla: “adaptarse a su público”. Me gusta la filosofía, no su forma de enseñarla. Me quiero marchar, tengo hambre… Esos son los pensamientos que deambulaban por mi cabeza.
     La clase terminó, frente a todo pronóstico, cinco minutos antes de la hora anunciada. Deje las gafas en su estuche, recoloqué la maraña de papeles, lápices, pañuelos de papel y demás objetos que había ido desperdigando por la mesa a lo largo del día, me puse la chaqueta y volví al metro.
     Caminé  deprisa. Sabía que me costaría acostumbrarme a tener que coger el metro en lugar de mi bici, a saber que no me esperaba Benjí (mi perro) en casa, y al tener que invertir dos horas diarias en trayectos. El frío de la calle me volvió a evocar el fin de semana en la playa. El mar, mi mar, era lo que más iba a añorar. Cogí mi libreta y apunté varias veces la palabra paciencia, seguida de un par de reflexiones abstractas, en un intento, un tanto desesperado, de acostumbrarme a Madrid. “Eres una prejuiciosa con esta ciudad”, me había dicho hacía un par de días una amiga. Quizás era cierto.
     Entré  en un vagón. Dudé si buscar piso directamente o acercarme primero a casa de mi hermano. Volví a escuchar rugir a mi estómago. Y me sorprendí a mi misma intentando encontrar, entre los zapatos de los viajeros, algún par que brillara tanto como los del hombre de esta mañana.